Saber que cada día que pasa es una capita más de polvo que se acumula sobre todo: sobre las relaciones, sobre los sueños, sobre el mañana… la capita de polvo que los desencantos rutinarios van colocando ahí. Es jodido luchar contra el polvo nuestro de todos los días, porque es persistente. Porque no se rinde, y se cuela por donde menos lo imaginamos, y no es elitista así que termina por cubrirlo todo, hasta el recoveco en donde descansa nuestro botiquín privado de emergencias existenciales: nuestras más íntimas reservas de esperanza, optimismo, fe. Y a veces ni siquiera molesta, ni siquiera nos impulsa a ahuyentarlo/soplarle/sacudirlo/. Es un enemigo peligroso, porque se subestima, porque se asume como normal, porque hay días en que el ánimo no da para lidiar con él, pero él es implacable en su puntualidad y se acomoda sobre la capa precedente sin conceder tregua, por mínima que sea. Yo hoy (hoy señoras y señoras, hoy que tendría que estar estudiando para un examen y ya por fin poder dormir tranquila) me doy cuenta de que no me gusta el polvo, pero que a veces mis esfuerzos más entusiastas por eliminarlo sólo me alejan de él un par de días. Después regresa, siempre. Callado, discreto, constante. Me semi-rindo: es ocioso pelear contra él, pero quizá no lo sea tanto convertirlo en la textura sobre la que mis dedos intentan nuevos trazos.
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